El despojo y la resistencia. Las dos caras de la conquista

Cada 12 de octubre nos recuerda que la conquista no ha terminado, pero también reafirma nuestra voluntad histórica de resistencia y avance.

El 12 de octubre de 1492 no fue un descubrimiento, un choque de culturas ni un encuentro de dos mundos como se pretendió disfrazar el accionar de los cristianos civilizados en este continente. Mas bien, fue la inauguración de un período de conquista territorial, masacre de la población, saqueo cultural, expoliación de recursos, esclavización e imposición de una espiritualidad foránea.

En el territorio en el que hoy nos encontramos, llamado Patagonia, la evocación de la conquista nos remite a un doble suceso, dado que, a la conquista del continente ocurrida en 1492, se suma casi cuatro siglos más tarde, la denominada “Conquista del desierto”, con idénticas motivaciones: conquista territorial, masacre de la población, saqueo cultural, expoliación de recursos, esclavización e imposición de una espiritualidad foránea.

Una de las facetas poco conocidas de aquella conquista del Reino de Castilla, fue la utilización de los perros alanos, una raza cruza de dogos y mastines, que acompañaron las masacres de los conquistadores Juan Ponce de León, Diego Guilarte de Salazar y Vasco Núñez de Balboa, entre otros.

Estos canes fueron adiestrados y adquirieron una particular ferocidad devorando niños, mujeres y ancianos e infundiendo terror entre los nativos, incluso los nombres de algunos de ellos, quedaron en las crónicas de la conquista como Becerrillo y Leoncillo.

El fraile Bernardino de Sahagún describe en sus crónicas que los indios eran atacados por “perros enormes, con orejas cortadas, ojos de fiera color amarillo inyectados en sangre, enormes bocas, lenguas colgantes y dientes en formas de cuchillos, salvajes como el demonio”.

Otro relato señala que los españoles de Pánfilo de Narváez hicieron una faena al Cacique Ocita, para que no lo olvidara: “arrojaron a su madre a los perros, quienes la destrozaron y la devoraron”.

Lo descripto es solo una ínfima muestra de la crueldad con la que los conquistadores arrasaron el continente, su naturaleza, habitantes y también las creencias, saberes y conocimientos que ellos ignoraban.

En el año 1562 se produce, a instancias del Fray Diego de Landa Calderón, la destrucción de los manuscritos, conocidos como códices, del Pueblo Maya, esa gran civilización de grandes observadores y conocedores de los movimientos del sol, la luna, las estrellas y los cambios del tiempo, que plasmaron en el calendario que persiste hasta nuestros días.

Por aquél entonces, el franciscano relataba: "hayámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena". La iglesia, esa espada espiritual de la conquista, trasladaba sus prácticas medievales e inquisitoriales a nuestro continente.

Y al cabo de tres siglos, la conquista por parte de una naciente república llegaba al extremo sur del continente y bajo el pretexto de la fe y la civilización, se desataba otra masacre contra el Pueblo Mapuche, que había resistido el primer embate de la Corona Española, obligándola a firmar el Tratado de Quillín en 1641, tratado que fue ratificado por el Rey Felipe IV por aquél entonces.

Corría el año 1878 y el joven país era presidido por Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca era su ministro de Guerra. El Congreso nacional sancionaba una ley, ideada por Estanislao Zeballos, que establecía la nueva línea de fronteras “previo sometimiento o desalojo de los indios bárbaros de la Pampa”.

El Diario La Nación, en su edición del 9 de marzo de 1978, titulaba un editorial “Lo que ha de hacerse con los indios”, desde donde ordenaba al entonces Gobernador Carlos Casares, que había que “distribuir a los indios por familias entre las diversas colonias que existen en la provincia” en donde tendrán que “forzosamente someterse al trabajo, aislados de las tribus a la que han permanecido”.

La costumbre de hacer incidencia política desde la línea editorial viene desde los inicios del Diario de Bartolomé Mitre.

Al final del mismo año otro diario, El Nacional, relataba el penoso escenario y resultado de la conquista: “llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesan. Se les quitan a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias”.

Si bien los abusos de la llamada “Conquista del Desierto” están ampliamente documentados tanto como ocultados, es importante recuperar las narrativas de nuestra gente que no ha olvidado lo experimentado en ese período. Ana Ramos ha recogido valiosos testimonios en donde se describe que una vez capturados por el ejército “los llevaban a pata, al que se cansaba lo mataban ahí nomas y listo, a los chiquitos los ponían a asar como un cordero y los dejaban ahí plantados”. A esto hay que sumarle las narrativas de muertes por hambre y la separación familiar de quienes nunca más se supo nada.

Actualmente en nuestra región, existen miles de habitantes cuyo único vestigio o conocimiento respecto de su apellido, es que es de origen Mapuche. Ello nos muestra la eficacia del sistema y sus instituciones coloniales, civiles y religiosas, a lo largo del tiempo en la distorsión histórica y favoreciendo la confusión identitaria.

Sin embargo, la memoria permanece, y mientras ésta exista, continuará renaciendo nuestra resistencia y la lucha por la preservación de nuestro territorio de las conquistas contemporáneas y su voracidad similar a los perros alanos que devoraron y mutilaron los cuerpos de miles de nativos. Pero pese a ello, ni los colmillos, cruces o espadas pudieron doblegar la dignidad ancestral que hoy renace en cada rincón del Wallmapu, territorio ancestral del Pueblo Mapuche.

Es por ello que cada 12 de octubre, es una fecha para no olvidar los hechos ocurridos en las conquistas históricas, sin perder de vista los despojos y conquistas de territorios y subjetividades contemporáneas, siendo muy conscientes de la capacidad que tiene el sistema para domesticar y diluir la conmemoración de estos hechos tergiversando su crueldad y consecuencias, presentándolos como una celebración de la hispanidad, un choque de culturas o un encuentro de dos mundos.

O peor aún, apelando al negacionismo y reivindicando figuras de genocidas bañados en bronce mediante monumentos a lo largo y ancho de nuestro territorio.

 

Por: Daniel Loncon, miembro del Pueblo Mapuche e integrante de la Cátedra Libre de Pueblos Originarios, Afrodescendientes y Migrantes. UNPSJB.

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